¿Cuánto cuesta realmente ser pobre en Argentina?

La pobreza suele resumirse en una línea de ingresos. Pero detrás de esa cifra existe otra desigualdad menos visible: tener menos recursos también significa disponer de menos margen para ahorrar, financiarse, anticipar gastos y absorber un imprevisto.

Por Juan Kadosh

Cuando hablamos de pobreza en Argentina solemos empezar por un número.

El último dato oficial del INDEC indica que durante el primer semestre de 2026 el 32,3% de las personas relevadas en los 31 aglomerados urbanos de la Encuesta Permanente de Hogares se encontraba por debajo de la línea de pobreza. Entre los hogares, la incidencia era del 24,4%. La indigencia alcanzaba al 7,5% de las personas y al 5,6% de los hogares.

Son cifras suficientemente contundentes por sí solas. Pero hay una pregunta que me parece todavía más interesante:

¿Alcanza con medir cuánto dinero le falta a una persona para entender realmente el costo de ser pobre?

Creo que no.

La pobreza monetaria nos permite establecer un umbral objetivo y comparable. Pero detrás de ese umbral aparece otra dimensión económica: cuando prácticamente todo el ingreso está comprometido en necesidades inmediatas, desaparece algo fundamental para cualquier decisión financiera: el margen.

Y no tener margen puede ser costoso.

La línea que divide estadísticamente la pobreza

La metodología del INDEC parte de dos conceptos centrales: la Canasta Básica Alimentaria (CBA), utilizada para establecer la línea de indigencia, y la Canasta Básica Total (CBT), que incorpora además bienes y servicios no alimentarios y permite establecer la línea de pobreza. El organismo calcula estos valores y los compara con los ingresos de cada hogar relevado. INDEC

La metodología es fundamental porque permite transformar algo tan complejo como la pobreza en una variable que puede medirse a través del tiempo.

Pero también tiene límites naturales.

Superar la línea de pobreza no significa automáticamente tener capacidad de ahorro, patrimonio, acceso barato al crédito o recursos suficientes para atravesar una emergencia sin alterar completamente el presupuesto familiar.

Del mismo modo, estar por debajo de ella no significa que todos los hogares tengan exactamente las mismas privaciones.

Por eso considero que la línea de pobreza debería ser el comienzo del análisis y no su final.

El valor económico de tener margen

Imaginemos dos hogares que tienen que enfrentar exactamente el mismo gasto inesperado.

Se rompe una heladera.

Uno tiene dinero ahorrado y puede pagar la reparación inmediatamente. El otro llega a fin de mes prácticamente sin excedente.

El precio técnico de reparar la heladera puede ser idéntico para ambos. El costo económico de esa reparación no necesariamente lo es.

El segundo hogar puede verse obligado a postergar otro consumo, utilizar una tarjeta, pedir un préstamo o recurrir a alguna alternativa de financiamiento.

La diferencia no está en la heladera.

Está en el margen financiero disponible antes de que se rompiera.

Y esta lógica se repite en muchas decisiones cotidianas.

Una persona con liquidez puede anticipar determinadas compras, elegir cuándo consumir o esperar una oportunidad. Quien dispone únicamente del dinero necesario para cubrir el presente tiene muchas menos posibilidades de hacerlo.

No significa que una persona pobre pague siempre más por todos los productos. No existe evidencia oficial suficiente para hacer semejante generalización.

Significa algo más preciso: tener restricciones severas de liquidez puede reducir las alternativas económicas disponibles.

El precio del dinero tampoco es igual para todos

El crédito permite ver esta desigualdad con mayor claridad.

Argentina experimentó durante los últimos años una expansión importante del financiamiento. A diciembre de 2025, 20,3 millones de personas tenían algún tipo de financiamiento, equivalentes al 54,7% de la población adulta considerada por el Banco Central. El saldo promedio por deudor aumentó un 24,7% en términos reales durante 2025.

Pero acceder al crédito y acceder al crédito en buenas condiciones son dos cosas diferentes.

Durante el primer semestre de 2025 ingresaron 2,2 millones de nuevos deudores al mercado formal. El 51% accedió exclusivamente mediante proveedores no financieros de crédito, frente al 41% que ingresó exclusivamente a través de entidades financieras y un 8% que combinó ambas modalidades.

El propio BCRA señala una diferencia particularmente relevante: los proveedores no financieros tienden a ofrecer préstamos de menor monto y con tasas más elevadas que las entidades financieras, aunque con requisitos de acceso más flexibles.

Ahí aparece una paradoja económica.

Quien encuentra más obstáculos para conseguir financiamiento puede terminar recurriendo precisamente al financiamiento más caro.

Esto no permite afirmar que todos los usuarios de esos servicios sean pobres. Tampoco que tomar un crédito de una fintech sea necesariamente una mala decisión.

Pero sí demuestra algo importante para esta discusión: el precio al que una persona consigue dinero depende también de las alternativas financieras a las que puede acceder.

Cuando la deuda deja de ser una herramienta

Endeudarse no es necesariamente malo.

De hecho, una economía moderna necesita crédito. Permite comprar viviendas, financiar bienes durables, invertir, estudiar, emprender y distribuir gastos extraordinarios a lo largo del tiempo.

El problema comienza cuando la capacidad de pago empieza a deteriorarse.

Y los últimos datos argentinos merecen atención.

En julio de 2026, el ratio de irregularidad del crédito bancario destinado a las familias alcanzó el 12,9%. En las empresas fue del 3,6%, mientras que para el conjunto del crédito al sector privado se ubicó en 7,7%.

Eso no significa que el 12,9% de las familias argentinas esté en mora. El indicador mide qué proporción de la cartera bancaria destinada a familias se encuentra en situación irregular.

Tampoco implica por sí mismo una crisis financiera: el mismo informe del BCRA señala que el sistema conserva elevados niveles de cobertura, liquidez y capital.

Pero el dato sí muestra una tensión creciente en una parte del financiamiento de los hogares.

Y vuelve relevante una pregunta que va más allá del volumen de deuda:

¿Para qué nos estamos endeudando y qué margen tenemos para devolverlo?

Comprar barato también requiere dinero

Existe otra paradoja menos evidente.

Muchas estrategias que permiten reducir gastos requieren disponer de recursos antes de obtener el ahorro.

Comprar una cantidad mayor cuando el precio por unidad resulta conveniente exige tener dinero disponible. Aprovechar determinadas promociones puede requerir una tarjeta específica. Comprar un electrodoméstico eficiente puede implicar una inversión inicial mayor aunque reduzca gastos futuros.

Incluso ahorrar requiere primero que exista un excedente.

Esto no permite afirmar que las personas pobres paguen universalmente un determinado porcentaje adicional —por eso evitaría hablar de un supuesto “20% o 40% más” sin evidencia robusta—.

Pero permite plantear un fenómeno económico real: la falta de liquidez reduce la capacidad de optimizar decisiones intertemporales.

En palabras más sencillas: a veces, para ahorrar dinero, primero hay que tener dinero.

El costo de no poder esperar

Para mí, esta es una de las dimensiones menos discutidas de la pobreza.

El dinero no solamente permite comprar cosas. También permite comprar tiempo.

Quien tiene ahorros puede esperar una oportunidad laboral mejor.

Puede atravesar algunas semanas sin ingresos.

Puede reemplazar un producto antes de que su deterioro provoque un gasto mayor.

Puede rechazar determinadas condiciones de financiamiento.

Puede planificar.

La vulnerabilidad económica reduce esa capacidad de espera. Y cuando prácticamente todas las decisiones deben resolverse en función de la necesidad inmediata, el horizonte económico se vuelve necesariamente más corto.

No porque las personas con bajos ingresos planifiquen peor.

Sino porque planificar requiere margen.

Entonces, ¿cuánto cuesta realmente ser pobre?

No existe una única cifra capaz de responderlo.

INDEC puede medir con una metodología definida qué hogares y personas se encuentran debajo de las líneas de pobreza e indigencia. Es indispensable que lo haga.

Pero creo que deberíamos complementar esa conversación con otra pregunta.

No solamente cuánto gana una persona, sino qué posibilidades económicas tiene con ese ingreso.

¿Puede ahorrar?

¿Puede acceder al sistema financiero?

¿A qué precio consigue crédito?

¿Puede atravesar un imprevisto?

¿Puede esperar?

¿Puede elegir cuándo comprar?

¿Puede asumir un riesgo que potencialmente mejore sus ingresos futuros?

Ahí aparece una dimensión diferente de la desigualdad.

Dos personas pueden enfrentarse al mismo precio, pero no necesariamente al mismo costo económico.

Una puede absorberlo. La otra puede necesitar financiarlo.

Una puede esperar. La otra necesita resolverlo hoy.

Una puede asumir un riesgo. La otra no tiene margen para equivocarse.

Por eso, desde mi mirada como economista, reducir la pobreza no debería significar únicamente conseguir que más personas atraviesen estadísticamente una línea de ingresos.

También debería significar ampliar su capacidad de ahorrar, construir patrimonio, acceder a financiamiento competitivo y enfrentar una emergencia sin que un solo gasto inesperado desordene por completo su economía.

Porque quizás uno de los costos más profundos de la pobreza sea justamente ese:

tener menos dinero también significa tener menos margen para elegir.

Y una economía que aspire a reducir verdaderamente la pobreza debería preocuparse por ambas cosas.

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